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Desconexión con la naturaleza: impacto en la salud y el diseño urbano según la regla 3-30-300

Por: Edith Serrano


Hoy más del 58% de la población mundial vive en entornos urbanos y la cifra seguirá creciendo. Este dato, por sí solo, debería invitarnos a conversar profundamente en quien está diseñando las ciudades, quienes y cómo las habitamos y cómo transformar las ciudades.


No se trata solo de que vivimos en ciudades; se trata de cómo estamos viviendo en ellas.


Existe una creencia generalizada (y muy equivocada) de que el problema de desconexión con la naturaleza pertenece únicamente a los entornos urbanos. Que lo rural, por definición, está vinculado con lo verde, con lo vivo, con lo natural.


Sin embargo, basta recorrer distintos pueblos y comunidades para darnos cuenta de otra realidad:

Pueblos con trazas urbanas sin árboles, calles sin sombra, plazas duras, espacios públicos sin vida vegetal.


Asentamientos considerados “rurales” por su número de habitantes (menor a 2,500 en el caso de México) que, en términos de experiencia espacial, están igual o más desconectados de la naturaleza que muchas ciudades.

Esto ya es un problema de diseño urbano poco responsable y mal atendido.



La ciencia ha sido clara en los últimos años: el acceso a espacios verdes y la presencia de arbolado urbano no es un lujo, ni un capricho, es un determinante de salud. Estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS) han demostrado que la exposición a naturaleza contribuye a:

  • Reducir el estrés

  • Mejorar la salud mental

  • Favorecer la actividad física y

  • Fortalecer la cohesión social.


Para fortalecer estos argumentos, se suma una propuesta que sintetiza de manera contundente esta evidencia: la regla 3-30-300, planteada por el investigador Cecil Konijnendijk, la cual recomienda que toda persona debería habitar en un lugar donde haya:


  • 3 árboles visibles desde casa.

  • 30% de cobertura arbórea en el barrio.

  • Un espacio verde a menos de 300 metros.


Este planteamiento lo podríamos ver como una metáfora. Sin embargo, debería ser un estándar.


¿cuántos de nuestros barrios, ciudades o incluso pueblos cumplen con esto?


La respuesta, en la mayoría de los casos, es: !ninguna¡.


Hemos normalizado vivir en entornos duros, impermeables, sin sombra, sin biodiversidad. Nos hemos acostumbrado a vivir entre calles calientes, espacios que no invitan a permanecer en ellos, entornos que no nos cuidan.


Y lo más delicado es que hemos dejado de verlo o lo vemos, pero somos indolentes y omisos ante ello. Porque la ausencia de naturaleza no siempre la percibimos como un problema inmediato. Sin embargo, sí se manifiesta en estrés acumulado, en fatiga mental, en desconexión, en enfermedades que poco a poco se vuelven parte de la vida cotidiana.


En salonambienta creemos que esta conversación no puede seguir siendo periférica, ni aislada. No se trata de “poner árboles” como gesto decorativo o moda.


Se trata de replantear cómo estamos diseñando los espacios que vivimos. Porque el entorno construido sí influye directamente en cómo vivimos, sentimos y pensamos; seguir diseñando ciudades sin naturaleza es una decisión que ha traído graves consecuencias.


¿vamos a seguir ignorando esta crisis…

o vamos a empezar a diseñar con consciencia?

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